28 Nov
28Nov

Por Apolinar Moscote/ Periodista Investigador/

En Cartagena estamos cansados de los atajos, de las medias verdades y de los proyectos que nacen torcidos desde el primer plano arquitectónico. OINAC, encargada de la ampliación del aeropuerto Rafael Núñez, se ha convertido en el mejor ejemplo de cómo un operador puede intentar imponer una obra a punta de desinformación, improvisación y engaños calculados. Por eso, con sobradas razones, muchos ciudadanos hoy la llaman “Pinocho OINAC”.

Primera mentira: un inicio ficticio en marzo de 2025

OINAC aseguró con bombos y platillos que en marzo de 2025 arrancaría la ampliación del aeropuerto. ¿Cómo, si no tenían diseños, ni socialización, ni un plan conocido por el distrito o la ciudadanía? Fue una promesa vacía, una pose mediática destinada a crear la ilusión de avance donde no existía ni el primer trazo técnico. El resultado es evidente: marzo llegó, y el proyecto ni siquiera tenía punto de partida.

Segunda mentira: la comunidad “informada”

Otra falsedad repetida fue que la comunidad conocía el proyecto y que no habría afectaciones. La realidad es que, debajo de cuerda, OINAC gestionó una declaratoria de interés público para poder comprar casas y apropiarse de sectores del barrio Crespo sin un diálogo real con los afectados. Mientras en público hablaban de armonía, en privado adelantaban trámites para quedarse con terrenos estratégicos. Doble discurso en su máxima expresión.

Tercera mentira: la licencia ambiental “vigente”

Decir que tenían licencia ambiental fue quizá el acto de manipulación más descarado. La única licencia existente era una de 1996, demandada mediante acción popular y declarada incumplida: no se controló el ruido, no se atendieron drenajes, no se resolvieron impactos. Una licencia muerta en lo jurídico y en lo técnico. Aun así, OINAC insistió en que el proyecto estaba avalado ambientalmente. Lo cierto: no tienen licencia ambiental para la ampliación. Aún hoy no la tienen.

Cuarta mentira: un proyecto “ambientalmente inmejorable”

Pintaron la ampliación como una solución ejemplar para los problemas ambientales del aeropuerto. Sin embargo, lo que proponen es remover tanques de combustible de un sector del barrio para instalarlos a las orillas de una ciénaga y en medio de otra zona residencial. ¿En qué mundo eso es una mejora ambiental? Cambiar el riesgo de lugar no es mitigarlo; es trasladar la amenaza a otra comunidad.

Quinta mentira: licencias parciales disfrazadas de aval definitivo

Cuando por fin obtuvieron una licencia hace un mes, la anunciaron como si fuera la gran autorización para arrancar el megaproyecto. Otro engaño. Lo que les aprobaron fue una licencia menor, únicamente para obras puntuales y no para la ampliación estructural del aeropuerto. La licencia grande, la que verdaderamente importa, sigue sin existir.

Sexta mentira: culpar a la comunidad por defender sus derechos

En su narrativa, OINAC acusa a los vecinos de Crespo y sectores aledaños de oponerse al “desarrollo de la ciudad”. Mentira tras mentira. Los habitantes han señalado inconsistencias, arbitrariedades y malas prácticas del concesionario: falta de socialización, obras sin permisos, intervenciones sobre zonas que no les pertenecen. Defender el debido proceso no es oponerse al desarrollo; es exigir que el desarrollo se haga bien.

Otra falsedad más: intervenir áreas que no son del aeropuerto

Afirmaron que la manzana 554 y las vías adyacentes les pertenecían y que podían intervenirlas. El Distrito dijo que no. ¿Qué pasó? OINAC decidió tutelar al Distrito. ¿El resultado? Un juez de la República les dio la razón a los cartageneros: no pueden intervenir esas áreas sin autorización del Distrito. Aun con eso, ya habían hecho cerramientos, cortado árboles y avanzado obras sin permiso. Actuaron primero, pidieron permiso después.

Conclusión: un proyecto plagado de improvisación y engaños

OINAC le ha fallado a Cartagena y al país. Nueve meses después de anunciar el inicio del proyecto, no han puesto ni la primera piedra. La razón es clara: desorganización, falta de planeación, ausencia de diseños, inexistencia de licencias y una relación torpe y arrogante con la comunidad y el territorio.
Una empresa que construye sobre la mentira, que ignora la ley, que atropella a los vecinos y que oculta información no puede liderar un proyecto estratégico para Cartagena. La ciudad merece un concesionario serio, transparente y responsable. Lo que hemos tenido hasta ahora es un Pinocho moderno, con una nariz que crece cada vez que abre un comunicado de prensa.
Cartagena no se merece eso. Y tiene derecho a exigir verdad, planificación y respeto.


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