18 Oct
18Oct

Por Arturo Bucheli

En Cartagena, donde el calor derrite hasta las buenas intenciones y la política suele parecerse más a un circo de pueblo que a una ciencia de gobierno, alguien tuvo la genial ocurrencia de bautizar en las redes sociales a una singular pareja de exalcaldes con un nombre digno de una comedia caribeña: «La Pirra y el Triciclo». Confieso que me hizo reír. No porque la política cartagenera sea precisamente divertida, sino porque pocas veces un apodo logra resumir con tanta economía de palabras dos trayectorias que todavía producen más discusiones que nostalgias. 

Los protagonistas de esta tragicomedia son Judith Pinedo Flórez, la célebre María Mulata, y William Dau Chamat, el hombre que convirtió la indignación, los improperios y las transmisiones por redes sociales en una particular escuela de administración pública. Si Hollywood decidiera producir una película sobre ellos, seguramente tendría dificultades para clasificarla. ¿Comedia? ¿Drama? ¿Ciencia ficción? Yo apostaría por una versión tropical de Batman, con un Guasón que no necesita maquillaje para montar un espectáculo y una María Mulata que, después de tantos vuelos políticos, parece empeñada en encontrar una pista donde aterrizar.La María Mulata, convertida ahora por la imaginación popular en la Pirra Vieja, representa esa curiosa especie de políticos que nunca terminan de retirarse. 

Son como los ventiladores antiguos de las casas cartageneras: hacen ruido, consumen energía y, aunque uno crea que ya cumplieron su ciclo, alguien insiste en volverlos a conectar. Su paso por la Alcaldía quedó marcado por la controversia de los terrenos de las playas de Bocagrande, un episodio judicial que incluyó privación de la libertad y que merece ser contado con precisión, sin confundir las acusaciones con una condena definitiva.Del otro lado aparece el Triciclo Oxidado, William Dau, un personaje que parece convencido de que gobernar consiste en gritar más duro que los problemas. 

Llegó a la Alcaldía montado en una ola de indignación ciudadana, prometiendo acabar con los males de Cartagena, pero terminó demostrando que una cosa es denunciar desde una pantalla y otra muy distinta administrar una ciudad de carne, hueso, alcantarillas, movilidad y necesidades sociales. Su mayor talento político parecía residir en encontrar enemigos, repartir calificativos y mantener permanentemente encendido el ventilador de las confrontaciones.Y como en Cartagena nunca falta un nuevo capítulo para las viejas telenovelas, los dos personajes decidieron convocar una marcha. Una especie de reunión de antiguos superhéroes políticos, pero sin capa, sin superpoderes y con el inconveniente de que el electorado ya conoce buena parte de sus trucos. 

Sobre la asistencia y el verdadero alcance de la convocatoria habrá que dejar hablar a las imágenes y a los hechos, porque hasta para hacer sátira se necesita respetar la aritmética. Imagino la conversación entre ambos antes de salir a la calle.—Judith, tenemos que salvar a Cartagena —dice el Triciclo, mientras intenta aceitar las ruedas de su discurso.—¡Claro, William! —responde la María Mulata—. Pero primero tenemos que convencer a la gente de que todavía somos la solución.—¡Eso es fácil! ¡Yo grito y tú convocas!—¿Y si no nos creen?—¡Entonces gritamos más duro!El problema de estos dos veteranos personajes de la política local no es que quieran participar en el debate público. Tienen todo el derecho. El problema aparece cuando quienes ya tuvieron la oportunidad de gobernar pretenden presentarse como si acabaran de llegar de otro planeta, completamente ajenos a las responsabilidades, equivocaciones y controversias de sus propias administraciones.

En la política cartagenera existe una extraña enfermedad que podríamos bautizar como amnesia administrativa selectiva. Consiste en recordar perfectamente los errores del gobernante de turno, mientras se olvidan milagrosamente los cometidos cuando se ocupaba el mismo despacho. 

Es una dolencia incurable, especialmente entre quienes descubren las soluciones de la ciudad justo después de entregar las llaves de la Alcaldía. La Pirra vieja y el Triciclo Oxidado podrán seguir recorriendo las calles, ofreciendo discursos y convocando a sus seguidores. Ella, agitando las alas de sus antiguas batallas; él, pedaleando sobre el óxido de una retórica que parece necesitar enemigos para mantenerse en movimiento. Ambos tienen derecho a protestar, pero también los cartageneros tienen derecho a preguntarles qué hicieron cuando tuvieron el poder que ahora cuestionan. Porque en esta ciudad, donde hasta las murallas han sobrevivido a piratas, invasiones y políticos de todos los colores, la memoria ciudadana debería ser más resistente que cualquier consigna.

Y si algún día Marvel decide abrir una sucursal en Cartagena, ya tiene dos personajes para su próxima producción: La Pirra Vieja y el Triciclo Oxidado: el regreso de los superhéroes sin superpoderes. La película podría terminar con una escena inolvidable: la María Mulata buscando altura para emprender vuelo y el Triciclo tratando de subir la empinada cuesta de la credibilidad pública, mientras una voz en off anuncia: «Próximamente, en todos los teatros de Cartagena. Dos exalcaldes. Una ciudad. Muchas explicaciones pendientes». Y lo mejor de todo es que, para producir semejante comedia, no habría que contratar guionistas. Los protagonistas llevan años escribiendo el libreto.


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