Por Rodrigo de Triana
Resulta una afrenta a la inteligencia ver a ciertos imberbes, apenas salidos del cascarón académico, convertidos en monigotes de los heraldos del engaño. Muchachos sin mundo, sin lectura y sin historia, lanzados al ruedo digital para recitar memeces desde el baldaquino ramplón del “influencer”, haciendo de su niñez cívica un columpio de odios ajenos y resentimientos prestados.
Da lástima, pena grave, contemplarlos balbucear en redes con vocecilla incierta —que no sabe la naturaleza si hacerla masculina o femenina— tratando de transmutar obras, inversión y desarrollo en un plato de lentejas presupuestales, como si el porvenir pudiera reducirse a la aritmética de comedor comunitario.
Y tras su tragicómica epifanía “macondiana”, concluyen con docta torpeza que por cada placa de concreto pudo nacer dos becas, par de almuerzos, o cualquier dádiva de ocasión; silenciando la complejidad del gobierno, la rigurosa arquitectura de los planos públicos y la jerarquía de prioridades que sostienen a una ciudad viva. Matemática chueca, desviada y maniquea, digna de taberna y no de ágora.
Pretenden juzgar la administración del presente sin considerar que una vía o una iluminación navideña no son adornos fatuos, sino motores de empleo, atracción económica y dignidad urbana. Pero claro, el mozalbete no razón: repite lo que le dicta el titiritero, ese adulto de cola larga y de paja húmeda que no se atreve a dar la cara. Dios nos libre de creer que estos bufones digitales —con los “likes” como dogma y la superficialidad como credo— pretenden erigirse en líderes del porvenir.
Si este es el germen de la dirigencia que se avecina, más nos valdría cerrar escuelas de política y abrir circos; porque lo que asoma no es juventud crítica, sino coro de loros con WiFi, voceros de la estupidez organizada. Que la ciudad despierte: no todo el que graba un video piensa, no todo el que grita sabe, y no todo el que critica construye. Y que aprendan estos aprendices de tribuno que gobernar no es sumar likes, sino sumar futuro. Porque la historia no la escriben los parlanchines de pantalla, sino los que hacen —aunque duelan las cifras a los necios— las obras que sostienen el mañana.
¿Qué clase de jóvenes necesitamos...?