24 Mar
24Mar

Por Apolinar Moscote


En el Caribe político hay un fenómeno que se repite con una puntualidad casi científica: cuando alguien no logra entrar al engranaje del poder, de pronto descubre una vocación arrepentida por la denuncia pública. 

Es una especie de iluminación tardía que suele venir acompañada de vídeos, discursos inflamados y una retórica que suele disfrazarse de conciencia crítica en tono melifluo y afectado.

En ese escenario ha decidido mover al profesor Jassir Eljach, quien en las últimas semanas ha convertido las redes sociales en su tribuna permanente contra la administración del alcalde Dumek Turbay. 

Video tras video, comentario tras comentario, el profesor se presenta como si fuera la vigía moral de la ciudad, como si desde la altura de su supuesta superioridad intelectual estuviera revelando verdades ocultas a un pueblo que, según él, parece no entender lo que ocurre.

Pero Cartagena es una ciudad que conoce bien la política, y sobre todo conoce los tiempos de la política. Aquí nadie ignora que muchas indignaciones aparecen justo cuando las puertas del gobierno no se abren como algunos esperaban.

No es un secreto en los corrillos políticos que alrededor de cada administración hay quienes aspiran a una participación, a un espacio, a una oportunidad. Y cuando esa oportunidad no llega, el discurso suele cambiar de tono con una rapidez sorprendente: lo que antes era silencio se convierte de repente en estridente. Eso es lo que hoy se percibe en esta ofensiva digital que el profesor ha emprendido contra el alcalde. 

Más que una crítica estructurada o una reflexión seria sobre la ciudad, lo que se observa es una catarata de ataques que parecen responder más a una molestia personal que a un verdadero análisis político. La crítica es necesaria. En cualquier democracia saludable debe existir vigilancia ciudadana y debate público. 

Pero la crítica pierde legitimidad cuando se convierte en una campaña obsesiva, repetitiva y cargada de insinuaciones, donde el protagonista parece más interesado en protagonismo que en soluciones. Cartagena necesita debate serio, ideas, propuestas, visiones de ciudad. 

Lo que no necesita es la proliferación de comentaristas que confundan la crítica con el espectáculo ni analistas que creen que subir un video aireado equivale a construir pensamiento.

Porque la ciudad, a pesar de todo, sabe distinguir entre quien aporta al debate público y quien simplemente intenta llamar la atención desde la orilla. Y en política, como en el mar Caribe, el ruido de las olas no siempre significa que haya tormenta. A veces es solo espuma levantada por el viento.

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