29 Aug
29Aug

Por Juanita Barú

Todavía los padres de familia del Gimnasio Mompiano, recuerdan el día aciago en que la señora completamente fuera de sí, le rompió la biblia en plena cara de la rectora del plantel.  

Era la tradicional reunión de padres de familia y la rectora muy decentemente le había recordado a la señora que ya se completaban 10 meses sin que ella pagara la pensión de su hija. 

La señora se puso colérica, comenzó a disparar un discurso de horrible calibre contra el plantel educativo, el sistema, la sociedad y, después de no dejar títere con cabeza y echando espumarajos de poseída, tomó el libro sagrado que la rectora le acababa de obsequiar y lo despedazo en su cara, lanzándole y arrojando artículos y versículos por toda la sala de reuniones. Acto seguido se dirigió a la salida amenazando con denuncias, tutelas y todo su repertorio jurídico de combate, el cual usa para evadir responsabilidades y justificar sus trances de loca furiosa. 

Los mismos padres de familia que acompañaron el macabro episodio de la biblia, tendrían posteriormente que escandalizarse al observarla, semidesnuda y en trance, desde un balcón hacia la calle, ejecutando ritos satánicos con sinuosos y sensuales bailes, mientras con su teléfono móvil hacía el registro audiovisual correspondiente que luego distribuiría entre sus admiradores. 

Creíamos que se había retirado de los escenarios psiquiátricos cuando reaparece con otra de sus atolondradas y desesperadas actuaciones, buscando como siempre, llamar la atención, ponerse en el foco y causar la repugnancia, el disgusto y la ira, de miles de estudiantes, padres de familia, maestros y comunidad en general, al conseguir que un juez despistado diera la orden de suspender las obras de mejoramiento de las instituciones educativas, destartaladas y ruinosas, que todos esperan que sean reparadas y mejoradas por el bien de los jóvenes y la educación de nuestra ciudad. 

Nunca se había visto en nuestra ciudad una persona de tan mala condición humana y con tanta capacidad de hacer el mal, llevada por su instintiva afición a la crueldad, la maldad y el deseo de figurar y causar repudio y vergüenza a la sociedad. Ojalá que, así como un juez desinformado y ajeno a la realidad acolitó su torpeza, otro más solidario y estudioso, corrija semejante dislate jurídico y ponga las cosas nuevamente en su lugar. 

La ciudadanía que creía que ya lo había visto todo, cuando prácticamente no se hacía nada, y no se decía nada, ha sido sorprendida por las formas torcidas y absurdas con que se trata de evitar que hoy con hechos, participación ciudadana y liderazgo se realicen las obras que tanto había esperado la ciudad.  

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