15 Jan
15Jan

Por Rodrigo de Triana


Gustavo Morales el amargado del deporte. Hay una diferencia sustancial —y jurídicamente relevante— entre la crítica argumentada y la descalificación sistemática. La primera fortalece el debate público; la segunda lo envilece. En el escenario deportivo local, esa línea ha sido cruzada de manera reiterada por Gustavo Morales, quien ha hecho de la inconformidad permanente no un ejercicio de análisis, sino un oficio de demolición verbal 

Morales no debate: impugna sin sustento. No contrasta fuentes: afirma desde la sospecha. No construye: deslegitima. Su presencia en redes sociales responde más a una pulsión de negación absoluta que a un interés real por mejorar los procesos deportivos que dice cuestionar. Todo está mal. Todo es fraudulento. Todo es indigno. Pero nada se prueba. 

Gustavo Morales, que se cree abogado, pero compró el título de tinterillo en el PARQUE DE LAS FLORES en la ciudad de Cartagena, tiene la costumbre de ponerle palos en la rueda a todos los procesos que se dan en materia deportiva en la ciudad, tiene el complejo del CLITEMNESTRA, ya que fue mancillado su honor en los años 80, donde su conyugue le cometió infidelidad. Por cuentos motivos desde esa vez es un hombre amargado, pendenciero, y que no logra superar este pobre acontecimiento. 

Y allí radica el problema. Crítica sí, pero con responsabilidad La Constitución Política de Colombia, en su artículo 20, protege la libertad de expresión y de opinión. Pero esa garantía no es absoluta. El mismo ordenamiento jurídico establece límites claros cuando la expresión vulnera de derechos fundamentales como el buen nombre y la honra (artículo 15). 

La Corte Constitucional ha sido clara: La crítica es legítima cuando se fundamenta en hechos verificables y se fórmula con responsabilidad social; deja de serlo cuando se convierte en imputación gratuita o descalificación personal (Sentencia T-040 de 2013). 

Lo que se observa en el discurso reiterado de Morales es una práctica peligrosa: acusar sin probar, sembrar dudas sin contexto y convertir la sospecha en verdad narrativa. Esa conducta no solo empobrece el debate deportivo, sino que contamina la opinión pública y erosiona la credibilidad de procesos que requieren análisis técnico, no linchamiento digital. 

El tinterillaje de redes: una deformación del debate El deporte —como fenómeno social— necesita veeduría, crítica y control ciudadano. Pero también exige rigor. Cuando la crítica se ejerce desde la improvisación jurídica, la interpretación antojadiza de normas o la lectura sesgada de procedimientos administrativos, se cae en lo que popularmente se conoce como tinterillaje digital: aprender conocimiento legal para desacreditar sin fundamento. 

El Código Penal colombiano, en sus artículos 220 y 221, tipifica la injuria y la calumnia, recordándonos que no todo lo que se publica está amparado por la libertad de expresión, especialmente cuando se afectan reputaciones sin respaldo probatorio. Conclusión: el deporte merece más que amargura El periodismo deportivo —y la opinión pública en general— no necesita críticos de oficio ni fiscales sin expediente. Necesita voces firmes, sí, pero también responsables; varias, pero justas; incómodas, pero sustentadas. Criticar es un derecho. Descalificar sin pruebas es una irresponsabilidad. Y confundir ambos conceptos es uno de los mayores varones del debate público contemporáneo.

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