Por Rodrigo de Triana
Es verdaderamente lamentable ver a los integrantes y seguidores de la casi extinta Junta de Acción Comunal de Crespo, aquella que durante años permaneció sumida en la inercia, la desorganización y las viejas mañas, aparecer ahora con un repentino entusiasmo por el libro de inscripciones de la nueva Junta de Acción Comunal de Crespo Sector Aeropuerto, precisamente cuando ya no controlan ni el rumbo ni la voluntad de la comunidad.
Resulta penoso observar a personas que se presentan como profesionales y referentes comunitarios actuar con una mezcla de resentimiento, inmadurez y afán obstructivo, empeñadas en convertir los mecanismos legales en herramientas de saboteo.
Derecho de petición tras derecho de petición, tutela tras tutela, no como expresión genuina de defensa de derechos, sino como parte de una estrategia desesperada para entorpecer un proceso que, les guste o no, ha sido más organizado, más serio y más transparente que todo lo que ellos hicieron en años.Tienen tan mala memoria política como pobre ha sido su gestión comunitaria.
Olvidan, o quieren que el barrio olvide, que durante mucho tiempo los libros, los procesos y la vida misma de esa junta fueron secuestrados por la opacidad, el desorden y el manejo caprichoso de unos pocos, que redujeron la acción comunal a una pequeña cofradía de conveniencias personales.
Hoy, cuando ven que las cosas se hacen de frente, con participación real de los vecinos y con apego a las normas, reaccionan como reaccionan siempre los derrotados por la legalidad: con ruido, con intriga, con chismes y con el viejo libreto del escándalo. Lo más irónico es que varios de ellos estuvieron presentes en la asamblea que dio origen a la nueva junta, observaron la organización, reconocieron el trabajo bien hecho y entendieron perfectamente que esta vez la comunidad decidió pasar la página. Pero como no pude controlar el proceso, ahora pretenden deslegitimarlo.
Es todavía más triste ver a personas que pudieron construir un liderazgo propio, pero eligieron vivir subordinadas a las rabietas, los caprichos y las maniobras de quienes convirtieron la acción comunitaria en un espectáculo de bolsillo. En vez de proponer, atacan. En vez de debatir, sabotean. En vez de aceptar que perdieron respaldo, prefieren aferrarse al panfleto, al rumor ya la manipulación de terceros, como si el barrio no tuviera memoria ni criterio. Creen que lo que nació con legitimidad, participación y sustento legal puede derrumbarse con pataletas, presiones y escándalos prefabricados. Se equivoca.
La comunidad ya entendió quiénes quieren construir y quiénes solo aparecen cuando sienten que se les acabó el negocio del protagonismo. Y cuando a ciertos personajes se les termina el control, no les queda más que hacer lo único que saben: gritar, enredar y lanzar piedras contra todo aquello que no pueden dominar.