Por Tomás de Iriarte
“No hay peor daño para el pueblo que el falso redentor con megáfono; porque de tanto gritar, ni escuchar, ni deja construir.”
En esta noble, aunque vapuleada ciudad de Cartagena, donde las olas del Caribe han sido testigo de libertadores y traidores, de próceres y zánganos, se asoman con ínfulas de tribunos unos personajes cuya utilidad pública equivale a la de una rueda cuadrada en una trocha. Se hacen llamar “líderes sociales”, pero más bien parecen cazadores de coimas , traficantes del descontento, embajadores del chantaje politiquero.
Hoy alzamos la voz, no por despecho ni capricho, sino por dignidad cívica, contra esa recua de líderes de pacotilla , de verbo fácil y conciencia en arriendo, que han convertido la representación comunitaria en el negocio más rentable después del microtráfico. Allí aparecen —como malos actores en obra repetida— Rafael Castro , Aldo Lora , Alcides Arrieta , Lía Margarita , Eduardo Matson y, cómo no, el incomprendido filósofo del fracaso, el extraviado Naúfraga , perdón, Nausícrates .
¡Qué triste espectáculo el suyo! Mientras la ciudad intenta enderezarse con algo de gestión, aunque sea torpe o tardía, ellos se retuercen en berrinches públicos porque no les llegó el sobre, porque nadie los saludó en el evento, o porque no les asignan el contrato de etiquetas verbales. En tiempos de Dau se quejaban porque los maltrataban; ahora con Dumek, porque los ignoran. Al parecer, el verdadero crimen no es el desprecio sino no figurar.
Como bien diría un sabio, el cacho no mata, lo que mata es el bembeo . Porque estos líderes no buscan el bien común: buscan el bien personal, su cuota, su tajada, su puestico, su tía contratista. No representan al pueblo sino a sus bolsillos. Son expertos en aparecer antes de las elecciones como brujos con clientela, vendiendo votos ajenos como si fueran mercancía de contrabando político. Se transforman en “puya ojos”, esos personajes que por un puñado de billetes cambian convicciones como calcetines.
Gritan, lloran, patalean, despotrican en redes, llaman rueda de prensa en patios de casas y posan de víctimas cuando lo que han sido, en muchos casos, son victimarios de la credulidad popular. ¡Y aún tienen el descaro de hablar de dignidad y democracia!
Con una verborrea reciclada, acusan de corrupción a quienes no les dan el pastel. Pero callan —¡vaya sorpresa!— cuando el contrato les cae. Se venden al mejor postor y luego aparecen abrazando al cacique de turno con la frase infaltable: “Aquí estamos, firmes con el proceso”. ¿Cuál proceso? El de repartirse Cartagena como si fuera una vaca muerta en mitad del camino.
Se necesita con urgencia una transfusión de ciudadanía. Un relevo generacional. Un cortafuegos que acabe con este liderazgo podrido que se ha convertido a la vocería social en un antro de extorsión moral. Cartagena no merece seguir bajo la tutela de estos badulaques con camiseta que juegan a representar lo que jamás han sabido construir: comunidad, respeto y decoro.
El liderazgo verdadero no se hereda, ni se compra, ni se simula. Se gana con coherencia, con ética, con renuncia. Y estos líderes de pacotilla , que ni son líderes ni son útiles, ya cumplieron su ciclo.
Es hora de que se bajen del autobús, antes de que lo terminen de estrellar.