24 Mar
24Mar

Por Rodrigo de Triana

Es el último y patético suspiro de una oligarquía de barrio que ve cómo su feudo se desmorona. Los integrantes de aquella Junta de Acción Comunal de Crespo, un organismo que durante años fue sinónimo de estancamiento, opacidad y un clientelismo de opereta, emergen ahora de su letargo con una avidez que solo puede explicarse por el pánico. Su renovado interés por el libro de inscripciones de la nueva Junta no es un acto de civismo, es la maniobra desesperada de quien ha sido expulsado del poder y ahora intenta sabotear desde las sombras lo que no puede controlar.

Como estudiantes mócoros, ya se les olvidó que el día que se hizo la gran Asamblea que creó la Nueva y efectiva Junta de Acción Comunal Sector Aeropuerto, los vimos en la reunión asustados como perro en toril, aprendiendo como se hacen las cosas bien hechas y felicitando a los vecinos por la buena organización, incluido un veintejuliero discurso del malamañoso Gaviria, quien hacía sus pininos de líder, mientras el cocinero Sampayo, reía y contaba sus chistes malos, de mamerto bobarrón, de mesa en mesa.

Lo que presenciamos no es una defensa de la ley, es su prostitución. Derechos de petición y tutelas se han convertido en las municiones de una guerra sucia, no para proteger a la comunidad, sino para asfixiar un proceso que les supera en legitimidad, organización y transparencia. Cada recurso legal que interponen es un monumento a su propia incapacidad, una confesión de que prefieren el caos que ellos dominaban al orden que los excluyen. Su resentimiento es tan palpable como su inmadurez política.

Tienen la audacia de pretender que el barrio sufre de amnesia, pero la memoria colectiva es implacable. No pueden borrar los años en que los libros de actas fueron propiedad privada, en que la participación comunitaria fue una farsa y en que la acción comunitaria se redujo a un pequeño circo de conveniencias personales, gestionado con la arrogancia de quien cree que el poder es hereditario. Ellos convirtieron la junta en su capricho y ahora se escandalizan porque la comunidad reclama lo que siempre le perteneció.

Lo más indignante es su cinismo. Varios de estos profetas del apocalipsis estuvieron presentes en la asamblea que fundó la nueva junta. Contemplaron, impotentes, cómo funcionaba la democracia real, cómo los vecinos debatían, decidieron y construyeron un futuro sin pedirles permiso. Vieron nacer un proceso limpio y, al no poder infiltrarlo ni manipularlo, optaron por la única estrategia que les queda: intentar demolerlo con el lodo del escándalo, el rumor y la presión.   
Es la conducta clásica del tiranuelo destronado. Incapaces de proponer, se dedican a destruir. Sin argumentos para el debate, recurren al sabotaje. Derrotados en las urnas de la opinión pública, se refugian en las sombras de la intriga. Han elegido ser los soldados de una causa perdida, subordinando su escaso liderazgo a pataletas, de quienes han convertido lo público en su caja menor. 

Se equivocan, y se equivocan por completo. Creen que la legitimidad nacida del voto comunitario y el apego a la norma puede ser arrebatada a gritos. Piensan que un edificio construido con cimientos de participación se puede derrumbar con los petardos del pánico. No entienden que la comunidad ya los desenmascaró, que ha aprendido a distinguir entre el constructor y el carterista, entre quien ofrece un futuro y quien añora un pasado de privilegios.   
Que sigan lanzando sus piedras. Cada una es un eco de su propia irrelevancia. El barrio ha pasado la página y ellos, con su ruido estridente, no son más que el ruido de fondo de una historia que ya se escribió sin ellos.

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